En el marco de la publicación de La caza del Snark de Lewis Carroll en una edición conmemorativa de los 150 años de la aparición de la obra, nos hemos reunido con Juan Gabriel López Guix, su traductor y editor, para conversar sobre el universo carrolliano, las Alicias, La caza del Snark y algunas particularidades de la traducción de esas obras. Presentamos a continuación una versión editada de la entrevista.
Folioscopio: Como especialista en la obra de Lewis Carroll, ¿puedes explicar qué lugar ocupa La caza del Snark en su producción literaria? ¿Es la culminación técnica de su estilo o un episodio aislado y más oscuro que las Alicias?
Juan Gabriel López Guix: En la producción literaria de Lewis Carroll hay dos facetas bien diferenciadas. Por un lado, su producción matemática de divulgación del álgebra y la lógica, y por otra parte su faceta literaria, específicamente dirigida a un público infantil.
En esa última faceta se enmarcan Alicia en el país de las maravillas, que es de 1865, y luego la secuela, Alicia a través del espejo, que es de 1872. Animado quizás por el éxito de esas dos Alicias, en 1876, Carroll publica La caza del Snark. Temáticamente, se puede establecer una relación entre las Alicias y el Snark. Cabría decir que en las dos hay un tema común: el tema de la búsqueda, del ir más allá de uno mismo.
En Alicia en el país de las maravillas, Alicia llega a un lugar en el que no deja de maravillarse, donde todo es asombro y sorpresa. La principal característica de su personalidad es la curiosidad. A pesar de la rudeza de sus interlocutores, Alicia no ceja en su empeño de preguntar y buscar respuestas, de persistir en su búsqueda de la razón, de la verdad de las cosas.
En el Espejo, la búsqueda también existe y está mucho más enfocada porque el objetivo de Alicia, ahí, es llegar a la octava casilla del tablero de ajedrez y convertirse en reina. Y es lo que consigue, se convierte en dama. Hay, podríamos decir, una transformación de sí.
En el Snark, en cambio, se acentúan los tonos trágicos. Hay también búsqueda y transformación. Es una búsqueda obstinada, obcecada, obsesiva; una verdadera cacería. Y su culminación también supone una transformación de sí. Ahora bien, si en el Espejo la transformación es gozosa, en el Snark es todo lo contrario porque el final entraña el riesgo de la aniquilación.


F.: ¿Cómo se manifiesta el paso del tiempo en el universo del Snark?
J. G. L. G.: El tiempo es un elemento que siempre está, es omnipresente. Los personajes siempre están con prisas, no tienen tiempo que perder, cae la noche… El capitán de la expedición siempre los está apurando con una campana que hace sonar constantemente.
De hecho, Henry Holiday, el ilustrador, dibuja una campana en todas las ilustraciones menos en una. Una campana con el capitán o sin el capitán, o sólo la mano del capitán y la campana… Es decir, la campana, el tiempo, está presente ahí de modo constante. Esa omnipresencia ha reforzado la interpretación según la cual el tema de la obra sería el paso del tiempo, y, en última instancia, la muerte.
Y es curioso porque el tiempo también desempeña un papel en las Alicias, donde asistimos a la cómica ansiedad del Conejo Blanco que corre para correr más que el tiempo; a la resignada aceptación de la Liebre de Marzo y el Sombrerero Loco ante el tiempo detenido de su merienda; o a la inversión de la causalidad y la flecha del tiempo en el encuentro con la Reina Blanca. En el Snark, nos enfrentamos a un tiempo impregnado de pesimismo que conduce, en última instancia, a la extinción.
F.: ¿Es el Snark un recipiente vacío diseñado por Carroll para que cada lector encuentre su propia interpretación?
J. G. L. G.: Bien, los libros son eso, un recipiente. Los libros están ahí para que los usemos, para que, proyectando en ellos nuestras inquietudes y, en el fondo, nuestro tiempo, los interroguemos. Y, mientras nos sigan ofreciendo respuestas, seguirán estando vivos, seguirán siendo leídos y considerados como clásicos.
La imagen de la carta oceánica que está incluida en el libro –y que es la única ilustración que no hizo Holiday (fue Carroll quien encargó su composición)– podría verse como un símbolo de eso mismo, de esa apertura, de esa infinitud de posibilidades que se nos abre ante las páginas de un libro.
Los tripulantes dicen de ese mapa que compró el capitán: «El mejor ha comprado, / es un vacío perfecto y absoluto». Y lo mismo podría decirse del propio Snark, cuya ilustración fue descartada por Carroll cuando Holiday se la envió. Carroll le dijo que había dibujado un monstruo delicioso, pero quería que la criatura siguiera siendo inimaginable. El resultado es que el Snark es una imagen en blanco que nosotros debemos completar.


F.: El humor de Carroll en esta obra parece más afilado y existencial que en sus otros libros. ¿Cómo logra que una expedición hacia la nada sea, al mismo tiempo, una de las piezas más divertidas de la literatura victoriana?
J. G. L. G.: Sí, el humor está siempre presente, pero es un humor algo especial porque esconde un escalofrío. Hay en la superficie episodios absurdos como el mapa en blanco que acabo de mencionar, con su burla de las convenciones cartográficas. O la enumeración de los rasgos distintivos que permiten identificar a un Snark auténtico. Hay un uso humorístico de la intertextualidad con citas de Horatio Nelson o William Shakespeare. El capitán pronuncia un discurso para alentar a su tripulación y empieza: «¡Escuchadme, amigos, romanos, compatriotas!». ¡Son las palabras de Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare, uno de los monólogos más célebres del dramaturgo inglés!
Alejándome un poco de la pregunta y a propósito del discurso del capitán, no me resisto aquí a recordar la exhortación de otro capitán a sus marineros. Ulises, en la Comedia de Dante, también pronuncia un discurso instándolos a no volver a Ítaca, a seguir remando hacia el poniente, cruzar las columnas de Hércules y adentrarse más allá de lo conocido en busca de la virtud y el conocimiento: «Pensad en vuestro origen, que no fuisteis / hechos para vivir como animales, / sino para seguir virtud y ciencia» (según la versión en endecasílabos de José María Micó). Hay también en ese caso una apelación a ir más allá de los límites y en pos de una transformación personal, aunque sea al precio de la perdición.
Si bien en clave paródica, el Snark puede leerse como una apelación en pos de un ideal, por más que la búsqueda esté condenada al fracaso. Es una llamada a pedir lo imposible. A pesar de todo, a pesar del fracaso. Toda la empresa tiene como marco una serie de situaciones típicas del nonsense, del disparate, pero bajo esa aparente ligereza acecha el miedo a la desaparición total, y entonces la sonrisa se torna rictus.
F.: Como traductor de la obra, ¿cuál ha sido el mayor reto lingüístico de este poema?
J. G. L. G.: Esta pregunta daría lugar a una respuesta muy extensa. Me limitaré a enumerar algunas de las dificultades que de un modo u otro han tenido que sortear los traductores de la obra. En primer lugar, una prioridad fue el mantenimiento de la forma poética y la mayor precisión semántica posible. Usé estrofas de cuatro versos rimados y con una longitud silábica diferente en los versos pares e impares, como hace el inglés con su alternancia entre versos de cuatro y tres pies. También mantuve un acróstico en el poema de la dedicatoria, puesto que con la inicial de cada verso se acaba formando el nombre de la niña a la que está dedicado el poema, Gertrude Chataway. Otro reto fue el conservar la letra b inicial en el nombre de todos los personajes. La traducción de la palabra fit, presente en el subtítulo de la obra, también mereció una consideración especial, como detallo en mi introducción al poema.
Están, además, los múltiples juegos con las palabras y la lógica, así como las palabras inventadas ya presentes en el poema «Jabberwocky» («Jerigónsico», en mi traducción). Por otra parte, en la cuidada edición de Folioscopio incluí como apéndice la traducción de una exégesis paródica que hizo un filósofo contemporáneo célebre, y la tuve en cuenta en mi traducción del poema. Mi versión de los versos sigue el original inglés, pero también permite la lectura que hizo de ellos el filósofo.


F.: ¿Sigue siendo Carroll un autor de obras infantiles o esta obra nos demuestra que su verdadero interlocutor es el adulto desconcertado?
J. G. L. G.: Dijo Virginia Woolf de las Alicias que esos libros no son libros para niños, sino libros en los que nos convertimos en niños. Y desconcertante es, en efecto, un adjetivo que se le aplicó al libro desde su inicio. La verdad es que cuando se publicó no obtuvo una buena recepción; las críticas fueron en su mayoría desfavorables. Y hay una curiosa, de un reseñador anónimo, que opinó que el libro parecía inspirado por un deseo frenético de reducir a la estupidez al mayor número de lectores posible, y especialmente, a los reseñadores. Y concluía que se trataba del «más desconcertante de los poemas modernos». Es decir, que el adjetivo desconcertante ha acompañado al libro desde el principio. Puede que ese desconcierto sea una de las claves de su atractivo.
Aunque, en realidad, lo que quizás sea más desconcertante para nosotros, ciento cincuenta años después de su publicación, es que semejante obra fuera concebida para lectores de diez años, como la niña a la que está dedicada. Sin duda, la educación victoriana era diferente de la nuestra.